Rozando la década de los 60 del siglo pasado, los vecinos de la zona norte de Madrid vieron cómo se construía una enorme fábrica de hormigón en la avenida Cardenal Herrera Oria. Clesa, Compañía Central Lechera Española, había ubicado su centro de producción cerca del pueblo de Fuencarral, a los pies de la conocida por entonces como carretera de la playa.

En 1962 la fábrica arranca su producción. En los 10.000 m2 de sus instalaciones, los operarios empezaron a rellenar botellas de cristal con leche pasteurizada que vendían a poco más de tres céntimos de euro el litro. Luego se sumó la elaboración de otros productos lácteos. Tan constante era el ir y venir de camiones cargados de leche por Herrera Oria que los vecinos de Fuencarral decidieron cambiarle el nombre. De la carretera de la playa pasó a llamarse la Vía Láctea.

Y la fábrica no solo cambió el nombre de la carretera que atravesaba el norte de Madrid, sino que modificó la fisonomía de una ciudad que no estaba acostumbrada a este tipo de edificios. Alejandro de la Sota aún no tenía ni 50 años cuando dibujó un edificio modular que supuso una revolución arquitectónica.

Ya por entonces el arquitecto pontevedrés había realizado una de sus obras cumbres, el Gobierno Civil de Tarragona, y en paralelo a la fábrica láctea dibujó las líneas del gimnasio del Colegio Maravillas.

“Estaba desarrollando un nuevo lenguaje: tecnológico, abstracto y fabril”, explica a idealista/news el arquitecto Carlos Rubio, que lidera uno de los proyectos que optan a rehabilitar la fábrica.

“Él siempre defendió los contenedores y, para explicar esa relación de volúmenes, usó una imagen muy paradigmática de la España de la época: las comitivas de los toreros cuando viajaban de plaza en plaza”, continúa Rubio. “A De la Sota le llamaba mucho la atención ver esa caravana de coches con maletas en el techo, todas perfectamente organizadas, que iban creando distintos volúmenes y acababan rematados con el estoque y el botijo. Esa imagen de volúmenes acoplados sobre la baca de un coche fue su referencia para el proyecto para Clesa”.

Cada volumen de la fábrica respondía a una necesidad: en este espacio se embotella, aquí se fabrica la mantequilla, aquí se pasteuriza la leche, aquí se distribuye, etc. Y ese orden de volúmenes concatenados era para De la Sota lo fundamental del espacio. “Él sumaba las piezas y todo funcionaba y tenía sentido si conformaba un bloque”, asegura el director de Rubio Arquitectura.

Un erial en el norte de Madrid

Antes de verano de 2011, con 49 años de vida, la fábrica dejó de producir. La verja se cerró definitivamente y se acabó el ir y venir de camiones cargados de leche. Y, desde entonces, en el norte de Madrid, entre el hospital Ramón y Cajal, la M-30, la carretera de Colmenar y las vías férreas, permanece varado un enorme edificio en una finca de 50.000 m2 imposible de ignorar.

Y entonces entra en escena Metrovacesa. La constructora se hace con todo el suelo y, a pesar de que la fábrica tenía licencia de demolición, decide no meter la piqueta. Una suerte para el patrimonio de Madrid y de España que no se podía permitir el lujo de perder otra obra de De la Sota tras la demolición de la Casa Guzmán en 2017.

Los responsables de la constructora reconocen el valor de la obra del arquitecto gallego y plantean, junto al Ayuntamiento de Madrid, cómo potenciar el patrimonio arquitectónico industrial del siglo XX. Tras nueve años y negociaciones con dos equipos consistoriales diferentes, por fin el proyecto de rehabilitación de la factoría de Clesa parece coger forma. En 2018 el área de Desarrollo Urbano del Ayuntamiento lo retoma y, en agosto de este año, en la última modificación del Plan General de Ordenación Urbana, la fábrica de Clesa se incluye en el catálogo de Edificios Protegidos con un nivel tres de protección.

Un proyecto para revitalizar la zona

El acuerdo entre el Ayuntamiento y Metrovacesa ya es una realidad. Por un lado, el consistorio obtiene la cesión del edificio protegido y, por otro, la promotora puede desarrollar todo el espacio que le rodea. Y es que el proyecto Clesa va más allá de la fábrica de lácteos.

“No se trata solo de proteger la fábrica, sino de potenciar una serie de mejoras en el entorno. Esto incluye nuevas conexiones para cruzar sobre la vía del tren hacia el hospital Ramón y Cajal, y una dotación enorme de espacios libres. Hasta el 70% serán espacios verdes y parques para la mejora del entorno. El resto del espacio se convertirá en un gran polo de actividad terciaria que incluirá oficinas, residencias de estudiantes, hoteles y usos comerciales”, nos explica Miguel Díaz Batanero, director de suelo de Metrovacesa.

En total, se alcanzará una superficie de unos 90.000 m2 en altura que convertirán esta zona norte de Madrid en un pequeño Azca, el distrito financiero y de negocios de Madrid. “La escala del proyecto es un poco menor que la zona que rodea Torre Picasso, pero es un referente en el sentido de que se trata de un espacio que se va a dotar de permeabilidad peatonal, actividad comercial, vida de restauración y que tendrá como añadido la rehabilitación de la fábrica de Clesa”, relata Batanero.

¿Y cómo se reforma Clesa?

Para el nuevo futuro de la factoría láctea, el Ayuntamiento decidió presentar el proyecto en la segunda edición del concurso internacional ‘Reinventing Cities’. Se trata de un concurso organizado por la red de ciudades C40 que impulsa la regeneración de áreas urbanas degradas, reconvirtiéndolas en nuevos centros de actividad.

Para desarrollar el proyecto se eligieron cuatro equipos. Metrovacesa presentó uno que encabeza el arquitecto Carlos Rubio, que se llama ‘Clesa +’. Compite con ‘Fábrica Circular’, representado por Lucía Bentúe y Elisa Pozo arquitectas; ‘Val-Verde’, representado por Kadans Science Partner y ‘Margarita Salas’, representado por Gutiérrez de la Fuente Arquitectos.

Habrá que esperar a abril de 2021 para despejar la duda y conocer cuáles son los proyectos ganadores.

“Supone un reto tremendo y una dificultad enorme para el equipo que lleve a cabo la reforma ya que, por entonces, De la Sota apenas podía disponer de acero, y por eso es un edificio entero de hormigón. Un hormigón postesado, tensado desde fuera con barras de acero. Hoy sería un edificio metálico al uso, pero entonces era imposible”, detalla Carlos Rubio.

El arquitecto que encabeza el equipo de Metrovacesa para reformar Clesa tiene en mente una referencia para este proyecto: Madrid Río. “Para mí es el ejemplo a seguir.  Se ha diseñado un parque donde había una autopista y se disfruta de un río donde solo había cemento. Los turistas incluyen Madrid Río como zona de visita y los madrileños acuden a disfrutar de ese espacio. Espero que el Proyecto Clesa sea igual. Aquí vendrán madrileños y visitantes a recorrer los espacios grandiosos que tiene esta fábrica y los aledaños verdes que la rodearán”, asegura Rubio.